La meditación une el cuerpo, el psiquismo y el espíritu.

El ejercicio arraiga en el cuerpo físico:el meditador se sienta con la espalda recta y presta atención a su respiración, liberándola desde lo más hondo. luego detiene su conciencia en cada parte de su cuerpo. Observa las numerosas sensaciones físicas, ideas y emociones que surgen. No las sigue, no dialoga con ellas, sino que se contenta con observarlas y dejarlas fluir. Descubrirá progresivamente, además de ese raudal de emociones y de pensamientos, la profundidad de su mente.

Descubre que hay en él un espacio que se zafa de la invasión de emociones, un silencio más allá del ruido de su pensamiento, una alegría y una paz siempre presentes.

El ejercicio cotidiano de la meditación vigoriza nuestro espíritu, reunifica nuestro cuerpo y nuestra alma.

La primera vez es muy difícil: nos duele todo el cuerpo, estamos totalmente asediados por los pensamientos.monk-555391_960_720

Luego, a medida que pasan los días, el cuerpo se relaja, la respiración se vuelve más honda, y la mente, más sosegada y silenciosa. Como un músculo, fortalecemos ese espacio interior, volviéndolo invulnerable a cualquier ataque: el de los pensamientos o las emociones que provienen del psiquismo, pero también el de las palabras hirientes, los acosos psicológicos, las energías negativas que nos llegan de fuera.

Extraído del libro “El Alma del Mundo”, de Frédéric Lenoir.